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¿Ya no mola el ‘body positive’?

Sobre cómo el sistema convierte nuestra anatomía en una tendencia cíclica y la urgencia de recuperar el cuerpo como un espacio de resistencia

No hablamos de una estética pasajera. El cuerpo no es un objeto cultural intercambiable según la temporada. Convertirlo en moda es una forma sofisticada de violencia. Estoy cabreada y es costoso escribir esto desde la apatía profunda y la distancia necesaria. Yo también fui esa, hay días que me disparo y lo soy, aunque me prometa no seguir siéndolo.

Estoy harta por lo de siempre. El martes por la mañana, empanada, ociosa y ciertamente inconsciente, metí la oreja en la conversación de un grupo de chicas. Coincidimos en el mismo vagón del metro. Hablaban de que ya está llegando el calor, la manga corta, el tirante… y lo dijeron: «verte las lorzas, el flotador de grasa en la panza, las pocas caderas, los brazos ‘de panadera’, los pelos negros de las axilas o los resultantes de las ingles, los pechos más caídos, más pequeños o grandes que el verano anterior».

Todo te lo vas a ver ese primer día de bikini, de top ajustado de tirantes que se te sube automáticamente por la altura del ombligo o se te escurre cuando te sientas cheposa. Y tú te lo bajas con rectitud o, en dirección contraria, te subes el pantalón para disimular esa ausencia de atractivo vientre plano.

Me irrita pensar que no basta con repetir, señalar, denunciar, concienciar sobre la maldición de las figuras de poder que exigen, de los cánones que establecen, de los escaparates que exponen y de las alfombras rojas que abruman. No basta con colocar a las cosas en sus sitios, saber de la irrealidad de las redes sociales, de las pantallas, de la imagen pretendida. El tema ha llegado hasta lugares que ni siquiera se reconocen y comparten, y de esa falta de compasión y empatía conscientes nace una horrorosa estructura de experiencias estéticas y colágenos faciales.

Recuerdo marzo, cuando se celebró la 98.ª edición de los Premios Oscar, que empecé a leer en Instagram sobre la brutalidad de los cuerpos. En el punto de mira, los cuerpos de las mujeres que desfilaron. Medios como Vogue o The Guardian señalaban la vuelta de la estética heroin chic: una tendencia de moda dominante a principios de los años 90 que se caracterizó por una delgadez extrema, piel pálida, pelo desaliñado y una apariencia demacrada o andrógina. Hablamos de Kate Moss o Gia Carangi, ambas supermodelos. Cuerpos pequeños, contraídos, esqueléticos, consumidos. Soplas y se van para atrás.

Justo eso. Eso es lo que quieren, eso es lo que les vale y lo que, al fin y al cabo, gana. Apunto con el dedo y sin pudor al sistema. Naomi Wolf advirtió que el mito de la belleza no se trata de estética, sino de poder. Por eso, en este caso, si alguien quiere rebelarse, oponerse a la norma, a la cultura hegemónica, lo tiene chungo. Nadie quiere —ni puede— perder. Nunca sería contracultura estar gorda.

A la par que el cuerpo físico, tan visible y palpable, se manifiesta —o así lo siento— una sensación de limpieza y pureza asociada a las mujeres que pasean esos cuerpos chupados. Son más pulcras, arregladas, ligeras, esmeradas, pulidas. Rozan la impecabilidad esperada y depositada en ellas. El cuerpo expresa clase, disciplina y capital simbólico, prestigio, legitimidad y valor social.

Mi vecina del cuarto se pone una camiseta arrugada y sucia y es descuidada, dejada. En otras, en ellas, en las que parecen estar hechas del aire, es moda. Lo miraríamos dos veces, hablaríamos de actitud, de elegancia, de estética despreocupada, del pelo sin peinar, sofisticado, hablaríamos incluso de libertad. Mi vecina lleva toda la vida depilándose porque en ella nunca fue cool dejarse los pelos en las axilas.

Sin irse tan lejos, sucede entre nosotras, entre colegas. Una de las que estaba de pie en el metro decía que se había dado cuenta de que prefería vestir las prendas prestadas de las amigas porque le quedaban mejor, se sentía más ella. No es su ropa, no son las camisetas que ella ha elegido. Las suyas —las propias— siempre serán peores, quedarán menos molonas, menos acertadas. La ropa de la amiga ya viene validada por otro cuerpo, por la seguridad que asumimos del otro cuerpo.

Y de la misma manera que no naturalizamos los cuerpos, tampoco naturalizamos lo que pasa en los cuerpos. Ya no sabemos habitarlos sin mirar desde fuera. De ahí, ese lenguaje abstracto, disipado, aseado que no contempla las míticas braguitas manchadas de regla, el sudor de la axila, los manchurrones en la camiseta, los mocos secos en la nariz, el pelo crespado, las puntas rotas y abiertas, la ropa mal conjuntada, las palabras malhabladas y barriobajeras. Sois todas la misma. Somos la misma. Las mismas que compartimos las calles, los bares, las discotecas, las playas, los autobuses, las clases, las oficinas.

Me irrita mucho la intranquilidad que nos da nuestro cuerpo y, por ende, la ansiedad y cansancio de la constante observación, análisis y reflexión, porque salimos a la calle con él, nos duchamos con él, dormimos con él, follamos con él, hacemos deporte con él; todas las cosas. Y gracias a él. Lo hemos visto cansado, eufórico, inflado, fuerte, enfermo, enérgico, estreñido, tenso, sexy, ¿no nos da para sentir ternura? ¿Por qué exigirle tanto? ¿Por qué no defenderlo, cuidarlo?

Liberémonos de esta basura. Extraigamos los códigos y signos. Saquémonos el tanga de la raja del culo por la calle. Rasquémonos el higo cuando nos pique. No bajemos el brazo cuando el sudor nos haga una roncha en la camiseta. Yo qué sé, dejemos de hacerles caso y seamos razonables con nosotras, hagamos caso a nuestros cuerpos desde la protección y no desde la obsesión, mostrémonos.

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