El 90,4 % de las noticias no cuestionan los estereotipos sobre la mujer musulmana
La escasa presencia de sus voces en los medios de comunicación queda relegada a la repetición del estigma islamófobo, sin lograr estos convertirse en agentes activos para revertir los sesgos
“Mujer musulmana”. Quien lee esto, dirige sus pensamientos a lugares fuera de la frontera española, a ideas extremistas, a sometimiento. Pero ellas también son españolas, también son pacíficas y moderadas, también son libres y tienen capacidad de decisión. Salma y Alba son el ejemplo. Ellas son mujeres musulmanas y, aparentemente, todo lo contrario a los estereotipos que merodean en la sociedad como antiguas leyendas urbanas sobre la mujer musulmana.
Ellas se enfrentan a la incomprensión mayoritariamente generalizada y a la empatía huidiza. Por eso, reclaman un rol en los medios de comunicación como protagonistas y como centro de la creación de su propia imagen, para que esta no sea construida por terceros. Inevitablemente, este nuevo trato concluirá con el conocido como ejercicio de “ponerse en la piel del otro”, pero que, primeramente, se inicia con la escucha.
“Me enfrento a tener que realizar un cuestionario de preguntas basadas en prejuicios y desconocimiento”, Alba define así su principal reto como mujer musulmana. No es la única, Salma también lo cree: “En cada momento tengo que justificarme”.
La primera reacción más común es poner en duda sus creencias, actitud fruto de las ideas predeterminadas que forman parte del imaginario colectivo. Esta tendencia no es más que una materialización del cliché de que están obligadas a seguir el islam o, leyendo entre líneas, se pone en tela de juicio la identidad, el criterio y la capacidad de acción de todas ellas.
“El hiyab tapa mi cabeza, no mi cerebro”. Fue la manera en la que Salma hizo conocedor al mundo, en la manifestación del 8 de marzo de 2019, de que es consciente y conocedora de qué significa ser parte del islam, y que eso no anula su capacidad decisora, sino que la acentúa. El islam es parte de su identidad.

Por ello, las musulmanas reivindican alejarse de los estereotipos conocidos, puesto que estos las despoja de identidad individual para pasar ser la cara visible de los prejuicios: la mujer sumisa, oprimida, sin voz y, además, en un contexto europeo, en España, también son identificadas como “las inadaptadas”.
Esta imagen es, en parte, creada por los medios de comunicación, los cuales exponen a las mujeres musulmanas siguiendo dos perfiles: “la exmusulmana que consigue liberarse del islam y se convierte en una mujer libre y fuerte, y la mujer musulmana apocada y sumisa”, según un informe de la Fundación Al Fanar.
Chandra Talpade, teórica del feminismo postcolonial y transnacional, elabora un símil para comprender la importancia de las percepciones existentes. “La imagen de las mujeres occidentales es la de personas seculares, liberadas y en control de sus propias vidas. Esto no quiere sugerir que las mujeres occidentales sean seculares, liberadas y controlen sus propias vidas. Me estoy refiriendo a una autopresentación discursiva, no necesariamente a una realidad material. Si esto fuera una realidad, no habría necesidad de movimientos políticos en Occidente.”
«El mayor cliché es que estamos oprimidas como mujeres»
Salma Chrif tiene 21 años, es marroquí y española. Como musulmana en España percibe un trato diferenciado respecto a este colectivo fruto de los prejuicios establecidos en la sociedad. “Constantemente nos enfrentamos a cierta inferioridad respecto al resto de la población, lo que provoca la limitación en muchos aspectos de la vida, tanto en el trabajo, como en la educación e incluso al hacer vida con el resto de personas”.
«Cuando ven a una mujer realizando una actividad común, se sorprenden»
La acumulación de ideas erróneas reiteradas produce un efecto cíclico en el que la población general no escapa de los clichés y en el que las musulmanas se ven obligadas constantemente a dar explicaciones acerca de su propia identidad. Tanto es así que la ciudadanía acaba, inconscientemente, levantando barreras para todas ellas. “Cuando ven a una mujer haciendo deporte, estudiando en la universidad o realizando alguna actividad común, se sorprenden”.

En ocasiones resulta incluso llamativo ejercer algo tan básico como la libertad de movimiento. “Una vez una mujer me vio cenando en un establecimiento y, más tarde, me comentó que le parecía extraño que estuviese por la noche en la calle”, comenta Salma.
Actividades básicas, como estas, son vistas como hazañas por la creación de la imagen de la mujer musulmana como oprimida. Si bien, esta idea cambia en mayor o menor medida en función del lugar. “En otros países de Europa, como Países Bajos, Bélgica o Alemania, el ser musulmán y no tener descendencia árabe (converso), o ser musulmán de nacimiento es algo mucho más normalizado”. Esta es la experiencia de Alba Rodríguez, otra joven de 21 años que ha vivido en Bélgica y que conoce cómo es la vivencia en otros países europeos.
Las mujeres musulmanas no son copias unas de las otras
Talpade apunta al reduccionismo como causa de muchas de estas ideas infundadas. Indica que, precisamente, lo problemático de tomar a las “mujeres musulmanas” como un grupo es asumir que son una única unidad universal, fundada sobre la subordinación al hombre. En realidad, esta categorización no contempla categorías por países, ni tampoco por clase social, entre otras cuestiones que explican por qué no se puede asumir la figura de la mujer musulmana como una única entidad estática en el tiempo e inmóvil a las fronteras.
Ya lo indicó la Nobel de la Paz Shirin Ebadi: “Occidente retrata a todas las mujeres musulmanas muy similares entre sí. Pero la situación de las mujeres en países islámicos varía mucho en función de cada lugar”. Indudablemente, también varía en países no islámicos.
«Lo problemático de tomar a las ‘mujeres musulmanas’ como un grupo es asumir que son una única unidad universal»
Alba apunta: “En España se relaciona a la mujer musulmana con la procedencia marroquí”. Lo sabe bien ella, que es española y musulmana conversa, y percibe la extrañeza cuando se identifica como tal ante las personas. Y, de ahí, se puede extraer otra de las puntualizaciones al hablar del islam: no es lo mismo lo árabe que lo musulmán. No son sinónimo ni tienen las mismas connotaciones. En muchas ocasiones se atribuye a la religión cuestiones inherentes a la cultura árabe o a la cultura de un determinado país árabe, o a la inversa.
Cómo conocer el uso del velo en perspectiva
España no prohíbe el uso de símbolos religiosos en escuelas ni en lugares de trabajo, así como la propia Constitución contempla la igualdad ante la ley sin discriminación por religión, y la libertad religiosa y de culto, en sus artículos 14 y 16.
Sin embargo, el hiyab es el centro de muchas miradas. “En Bélgica, es totalmente normal llevar el hiyab, no recibirás miradas despectivas, caso contrario a España”.
De nuevo, la profesora Tapalde guarda una crítica para quienes generalizan el uso del velo como algo opresivo. En concreto, señala a los teóricos que emplean el método aritmético aplicado a este caso. Si el razonamiento se define como: “a mayor número de mujeres que usan velo, más universal es el control de la mujer (por parte del hombre)”, quedan fuera de juego las especificaciones culturales o históricas. La teórica afirma: “Debemos cuestionar el salto analítico que va de la práctica de usar el velo a afirmar su significado general como control de las mujeres”.

La lógica anterior, por tanto, cae en el argumento fácil de que el velo es una imposición del islam o del hombre, sin dejar espacio para la voz y las circunstancias de la mujer. Así, no es el mismo caso el de las iraníes que adoptaron el velo durante la revolución de 1979 en solidaridad con sus compañeras de clase obrera, que las iraníes en la etapa actual que está obligadas a usarlo; como tampoco es comparable con cualquier mujer que lo adopta con deseo.
El velo tampoco es universal, existen variaciones
Mayor nivel de complejidad adquiere la cuestión en función de los diferentes tipos de velos islámicos usados. El Corán invita a los hombres y mujeres a cubrirse y vestir de manera modesta, pero no indica hasta qué punto.
El velo más extendido es el hiyab, que solo oculta el cabello, pero existen otros con los que es usual su confusión, no por similitud, sino por desconocimiento. Es el ejemplo del burka, que cubre el cuerpo y rostro a excepción de una rejilla para los ojos o el nicab, que cubre el cuerpo y rostro, pero dejando los ojos al descubierto. El uso de uno u otro también tiene influencias sobre la persona que lo porta, así como también es determinado por las circunstancias personales y geográficas de cada individuo.
Para ellas, el velo es parte de su identidad
“Creen que el hiyab es un trozo de tela que me oprime, pero pocos me han preguntado: ‘¿Quieres llevarlo?’”. Como seguidora de la religión, Salma apela a que las personas se alejen de las ideas superficiales que escuchan: “En muchos casos entiendo que tengan esa imagen, por como los medios de comunicación les venden esta idea, pero las personas tenemos que buscar por nosotros mismos”.
Andrea Elena Grigore, investigadora de la Universidad de Sevilla, afirma “para muchas mujeres musulmanas, llevar el velo es un símbolo de identidad”. Ella misma ha desmentido la falacia del velo como símbolo únicamente islámico. “Era una prenda antes de la llegada del islam. Puede probarse que este uso social fue introducido por los antiguos asirios como una forma de etiquetar a las mujeres de alta posición social”.

Frente al miedo o discrepancia que supone el hiyab para los demás, “para la mujer musulmana representa la libertad del sentimiento de pertenencia a la comunidad musulmana”.
“La primera vez que me puse el hiyab y salí a la calle, me sentí la mujer más fuerte, empoderada y feliz”
Frente a los “quítatelo que estás más guapa”, “todos los años que llevas aquí, ¿y aún no te lo quitas?”, “aprende a integrarte bien”…, hay una mujer orgullosa por portarlo. “Es nuestra corona”.
“La primera vez que me puse el hiyab y salí a la calle, me sentí la mujer más fuerte, empoderada y feliz”, afirma Alba, quien continua con determinación: “Quiero que se me reconozca por quien soy, mujer musulmana. No le temo a aquellas miradas o comentarios que pueda recibir”. En el significado sentimental del velo, Alba añade: “El hiyab tiene un significado complejo, y eso lo hace difícil de comprender”.
«Es nuestra corona”
Las diversas interpretaciones que le asocian tienen que ver con la protección de las miradas y personas con malas intenciones, con el cuidado del cuerpo y su valor, y por darse a conocer por cómo son y no por lo que su cuerpo dice de ellas.
A pesar del sentimiento de identidad que tanto Alba como Salma, y parte de la comunidad musulmana, enfocan hacia el velo, son conscientes de que otras mujeres son forzadas contra su voluntad a llevarlo. “En nuestra religión, es pecado la coacción, ya sea en el creer o al usar el hiyab”. El capítulo (surah) 2 del Corán, el libro sagrado del islam, así lo indica el versículo (ayah) número 256: “No se puede forzar a nadie a creer”.

El hiyab se contempla en varios versículos del Corán como una obligación (33:59, 24:31), pero la mujer es libre de decidir cuándo llevarlo. “Desgraciadamente, hay países que no respetan la religión, se hacen llamar países ‘islámicos’, en cambio, cometen uno de los peores pecados: la coacción. No estamos de acuerdo con aquellas mujeres que son sometidas a llevarlo, sin respetar su libertad de decisión”.
El feminismo eurocentrista como un obstáculo más
Es una realidad que la voz musulmana es poco escuchada en el contexto español e incluso europeo. Tanto es así que, en ocasiones, quienes tratan de servir de altavoz, ejercen la solidaridad erróneamente. Esto complica aún más la tarea “impuesta” por la sociedad: deshacerse de los prejuicios islámicos extremistas y de los feministas.
«Yo decido vestir modestamente, yo elijo creer en Dios, yo elijo ponerme el hiyab y yo soy dueña de mis decisiones”
El feminismo europeo se ha orientado a mostrar a la mujer musulmana como, generalmente, oprimida, esclava del velo y de la imposición de los hombres. Y es quizá por ello, por lo que el feminismo no tenga el apoyo por completo dentro de la comunidad musulmana.
Alba declara: “Si ser feminista es defender la libertad de la mujer, y el respeto absoluto hacia ella. Sí, lo soy. Pero hay grupos feministas que hablan en nuestro nombre, sin decir aquello que queremos decir. Yo decido vestir modestamente, yo elijo creer en Dios, yo elijo ponerme el hiyab y yo soy dueña de mis decisiones”.

Interceder en nombre de un colectivo tan amplio generalizando solo hacia los clichés negativos puede conllevar un alejamiento de la mujer de esta ideología por no sentirse representadas bajo el feminismo eurocentrista u occidental. Debido a las divergencias, surgieron escisiones como la del feminismo islámico, que orientó su lucha por la mujer a partir de la década de los noventa a través de una lectura crítica y renovada de las fuentes del islam, con la que pretenden diferenciar la lectura machista de la tradición.
«No le dan una oportunidad a conocer el islam»
Íntimamente relacionada al feminismo islámico se encuentra la idea de que los textos sagrados del islam otorgaron derechos de los que no gozaban las mujeres antes de su llegada. “Les dio un lugar dentro de la sociedad”, añade Salma, quien incide: “Hay personas que creen que ya esos derechos se quedan cortos a diferencia de lo que ha avanzado la sociedad. Puede ser, pero hay que conocer el contexto. Y el islam en ningún momento acepta a la mujer como ser inferior al hombre”.
“No necesitamos de un hombre para hacer las cosas que queramos, y tenemos derecho a que sea así”
El capítulo 4, versículo 34 menciona que corresponde a los hombres el cuidado de las mujeres debido a las diferencias físicas. “Menciona al hombre como protección de la mujer solo y exclusivamente en aspectos de protección, pero esta idea se ha malinterpretado hasta el momento puesto que se ha tomado este tipo de superioridad en todos los ámbitos, cuando en varios títulos del Corán se menciona la igualdad”. Salma vuelve a sostener la importancia de analizar el escrito dentro de su contexto social e histórico, en el que la mujer carecía de derechos.
“La diferencia de ambos roles era lo mejor en el momento para ambos, pero ya no corremos el mismo peligro que antes, ya que no necesitamos de un hombre para hacer las cosas que queramos, y tenemos derecho a que sea así”.
An-Nissa (La mujer, 4) y Maryam (Miriam o María, 19) son capítulos dedicados a la figura femenina, donde más la menciona. “Hay ejemplos de mujeres que empoderaban el islam. Es la muestra de que no surgió para oprimirlas, todo lo contrario, todo ese empoderamiento creció aún más”.
“La mujer es un pilar fundamental en el islam”, hacen saber Salma y Alba. Ambas jóvenes, mujeres, creyentes del islam, españolas.
Como mujeres musulmanas son más que su religión, más que un ente creyente. Tienen aspiraciones, vida social, amigos y libertad. También son dueñas de sus decisiones y tienen voz, aunque a veces, no se las escuche.


