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Grasshopper Club Zürich y Servette entierran el hacha

Tratado de paz en el Stadion Letzigrund de Zúrich (2-2) entre grasshoppers y ginebreses que les hace recuperar algo de equilibrio para cada una de sus causas, si bien el Servette pierde la opción de aferrarse al liderato. 

No se llama Grasshopper por ser históricamente un equipo fuerte o eléctrico, tal y como sugieren algunos resultados de Google. Tampoco por jugar al pelotazo e ir saltando con pértiga por el campo, ni por presionar como el mejor Liverpool de Klopp. Hay quienes esgrimen que todo empezó porque el fundador del club, un inglés, estudiaba algo relacionado con la biología o los animales, pero la razón, aparentemente y como casi todas las razones, fue mucho más simple: era más o menos tendencia, allá por 1886, ver este tipo de nombres. Ya está. Cosas de los ingleses. Otros equipos pueden atestiguarlo. Y esa es otra: el Grasshopper Club Zürich es el segundo club más antiguo de la historia de Suiza, argumento al que suelen acudir sus aficionados para cuando las trifulcas con los del otro equipo de la ciudad, el FC Zürich, en las sobremesas familiares o en el colegio. También puede fardar de ser el más laureado, aunque hoy se encuentra lejos de la élite deportiva.

¡Mira, mamá! ¡Un saltamontes! | Fuente: Jorge Vicente Catalá

La vida del aficionado grasshopper seguro aparece tediosa, nostálgica. O no: los jóvenes habrán oído hablar de aquel equipo que llegó a disputar la Champions League, pero no lo han conocido. El suyo seguramente sea un apoyo más desenfadado, en ese sentido: saben lo que hay. No es el caso, por ejemplo, del grupo de hombres mayores que veía el partido, Dios sabe por qué, desde la tribuna de prensa. Había uno que golpeaba la mesa con furor cuando algún jugador perdía el balón o hacía algo que no casaba con lo que él creía bueno u oportuno. Igual que otro, más abajo en la grada, que respondía con aspavientos cuando no la pasaban a donde él veía, desde la comodidad de una butaca acolchada en las alturas, que era claro, evidente. El fútbol, y en realidad todo, es como un espejo encima de la mesa.

La grada. Ese lugar. | Fuente: Jorge Vicente Catalá
La grada. Ese lugar. | Fuente: Jorge Vicente Catalá

El Grasshopper llegaba al partido habiendo sumado cuatro de 18 puntos posibles en liga, mientras que el Servette FC, recientemente eliminado por el Chelsea de la ronda previa de clasificación para la Conference League y también de la copa nacional por un equipo de inferior categoría, lo hacía como líder virtual. Quiso dejarlo claro y se mostró inquisitivo desde el comienzo, o al menos desde que se pudo empezar a jugar de verdad, después de la repentina lesión del árbitro. Fueron los locales, no obstante, quienes estrenaron el marcador gracias a un testarazo del centrocampista Choinière. Si bien ambos goles suyos llegaron de córner, la verdadera fortaleza del equipo parece residir en su zona de mediapuntas. Da igual cómo: el balón ha de llegarle a Abrashi, el capitán, y al resto de su caballería, y todo fluirá solo. El disparo a la cruceta del lateral Persson ejerció de buena muestra de ello, que no de buen augurio: al rato, y poco después de estampar también un remate en el poste, el Servette anotó doblemente a través de Dereck Kutesa Usman Simbakoli.

Simbakoli remata un centro lateral | Fuente: Jorge Vicente Catalá

En el minuto 54, Lee reestableció las tablas tras una embarullada jugada dentro del área, y al Grasshopper pareció ponérsele el partido de cara con la expulsión de Ondoua por un encontronazo con Morandi. Es difícil contarlo para que resulte justo o equitativo, pero allá vamos. Ondoua pugna por un balón. Recibe una falta y cae al suelo. Morandi llega para despejar: cuestión de inercia. O quizá no tanto. Casualmente impacta su despeje, que era más bien un pase, al tiempo y lugar donde cae Ondoua. Le da en el hombro. Ondoua apenas tarda un nanosegundo en reaccionar y se levanta, candente, a reprocharle el gesto al centrocampista suizo. Reprochar: empujar con brusquedad. Al suelo Morandi. Amarilla para él y roja para Ondoua. El entrenador local Marco Schällibaum presionó entonces el botón de sustitución rápida e ingresó al campo Awer Mabil, veterano de guerrillas en Cádiz. Suya fue la pérdida que le regaló a Kutesa campo para correr: el malévolo extremo dejó atrás con pasmosa facilidad al central Decarli y, ya dentro del área, cayó al suelo, presuntamente, por un leve contacto de este último al cruzarse por detrás que no fue suficiente para significar penalti ni por sí solo ni por las protestas de Thomas Häberli o la incredulidad del ’17’.

Pequeña tangana. Morandi, en el suelo tras el empujón de Ondoua, el ‘5’ | Fuente: Jorge Vicente Catalá

Esa sería la última estocada de un Servette ya moribundo al que los cambios no sentaron ni bien, ni mal. Frick, su portero y capitán, se encargó de salvar los muebles en más de una ocasión, por ejemplo, ante los zambombazos de Ndenge o las intentonas de Lee, quien luego se vería frustrado e incluso apenado en el vestuario (sí, hay una especie de vidriera al lado de la zona de prensa desde donde se puede ver una pequeña parte del vestuario local). Es posible que este empate final resulte algo desalentador para el Grasshopper, pero no dejaba de tratarse de un cruce complicado. Marco Schällibaum se mostró sobrio en rueda de prensa; Häberli, tan comedido como convencido del penalti. Aunque esto es pura especulación: hablaron en francés y alemán, y a un servidor solo le alcanza para el inglés.

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