Los berneses pasan por encima de un endeble FC Winterthur en el regreso de Patrick Rahmen al Stadion Schützenwiese y suman su primera victoria liguera del curso, mientras que el conjunto local se confirma como el último clasificado de la Swiss Super League.
Que no había muerto: ¡solo estaba de parranda! El Young Boys, campeón de seis de las últimas siete ediciones de la Swiss Super League y abanderado habitual del fútbol helvético en Europa en los últimos años, no está teniendo un arranque liguero de ensueño, que se diga: hasta esta jornada, la séptima, tan solo registraba tres de 18 puntos posibles. Sí ha avanzado con holgura en la Schweizer Cup, como también acabó venciendo al Galatasaray para colarse en el cuadro definitivo de la Champions League, en cuya primera jornada cayó por 0-3 frente al Aston Villa. El 1 de octubre visitará Montjuïc: Koundé habrá de enfrentarse a Joël Monteiro, habilidoso extremo por las mañanas y jocoso verdugo por las tardes. O las dos cosas a la vez. Lleva el dorsal 77, así que sí, el tipo se lo tiene creído, aunque luego en realidad actúa discreto. Vacunó hasta en tres ocasiones a un inocente Winterthur que pretende echar a volar sin tener alas, ni propulsores, ni hélices, ni motor: solo ganas —aunque ciertamente es lo único o lo primero que se necesita—. El activista demagogo encargado de hacer soñar a los aficionados del equipo zuriqués es el mediapunta Matteo Di Giusto. Lo suyo no son grandes promesas ni discursos populistas: más bien pinceladas, destellos o a veces incluso pirotecnia viva que prende con sus propios pies. Un pequeño e incomprendido genio. Pero el Winterthur necesita grandilocuencia, o en todo caso más pequeños e incomprendidos genios.

El resultado deja entrever una superioridad que en realidad no fue tal. La primera gran ocasión, de hecho, se la apuntaron los locales cuando un disparo del joven delantero Labinot Bajrami besó el lateral de la red. La más clara para ellos llegó sobre el 24′: Di Giusto filtró un pase con el exterior y el extremo izquierdo Lukembila ganó línea de fondo, pero Schneider no acertó a convertir en gol el envío atrás. Qué cruel es la vida, que nos da oportunidades sin decirnos cuál será la última: tan solo ocho minutos después, Monteiro adelantó a los suyos tras un errático lanzamiento vertical del mismo Schneider. En un lance posterior, Di Giusto le dejó el gol casi en bandeja a Lukembila, que en tanto que se sentía cansado prefirió dormirse en los laureles antes que armar la pierna. Qué peligro: su madre entró a la habitación, enfadada, y subió la persiana del tirón. Le dijo que se levantara y que no rechistase. Su madre era Camara, el defensa central.
El arranque de la segunda mitad fue fatídico y vertiginoso para el Winterthur. Apenas en el 47′ ya había puesto las tablas Bajrami después de un fabuloso pase del tragicómico Schneider, pero diez minutos después el resultado era de 1-3. Monteiro y el delantero Ganvoula, los culpables. Aunque también el ensimismamiento del propio Winterthur, que seguía celebrando su gol. La historia de las derrotas es en realidad la historia de las victorias, solo que mal contada.

Boubacar Fofana fue uno de los agitadores del partido. Entró sustituyendo a Lukembila y se dedicó a retar a Joël Monteiro, aunque sin la misma suerte. Desbordó y desbordó y a punto estuvo de conseguir dos penaltis que el árbitro no concedió, para colmo de sus aficionados. El fútbol nos hace creer que el mundo está en nuestra contra. También tuvo otra buena ocasión negada por Von Ballmoos. Así se sucedieron los últimos minutos: un Winterthur romo, a la deriva, que además recibió el cuarto gol en el descuento, un poco como cuando Po le hizo la técnica aquella del dedo a Tai Lung: toma, por si no habías tenido suficiente. Joël Monteiro, con su hat-trick, se convierte en el Guerrero del Dragón de la jornada.
Paseo de la fama

A la salida del estadio, la Ostkurve de Berna tomó Paulstrasse, una de las calles que conecta con la estación de tren de Winterthur. Escoltados y vigilados, estos fanáticos cantaban y avanzaban como una masa uniforme y hostil. Visten de negro, y te harán saber que no debes sacarles fotos. Allá por donde pasan, dejan todo un reguero de pegatinas, colillas y latas. Al llegar a la parte subterránea de la estación, precintada y con varios policías firmes y en posición, se crecieron aún más. La gente se acercaba, curiosa. Parecía un enfrentamiento entre bandas. Poco a poco, esa imponente masa fue deshaciéndose en personas del más diverso y vulgar talante que corrían para no perder su tren. El Young Boys no había muerto: solo estaba de parranda.

