El armazón poético reconstruye al fútbol, casi tanto como los futbolistas
¿Tienen algo que ver las metáforas visionarias de Benedetti, los versos de Miguel Hernández, o el amor onírico de Bécquer con el fútbol? ¿Qué tipo de correlación fluye entre estas dos ‘bellas artes’? Una confluencia, miscelánea o compendio, de la belleza; de lo que el ser humano es capaz de designar como atisbo de preciosidad.
La poesía plasma el pensamiento en versos; el fútbol, en jugadas. Gustavo Adolfo Bécquer, en sus pulcras rimas, sostenía que «podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía». Esto es, como cúmulo, la idea metafórica de la poesía y el fútbol. Dos artes diferentes pero inseparables. El balompié ya está inventado: pocos jugadores dotarán al césped de sombrero y barita, casi ninguno. La poesía, también: desde Yalal Ud-Din Rumi, con el misticismo islámico, pasando por Góngora y Quevedo, hasta llegar a Lorca, Machado y Ana María Martínez Sagi.
El nexo que une a ambas disciplinas, que parecen inconexas, viene de la metáfora. Metaforizar es sentir, querer, y traspasar la barrera de lo sensible. Entrar en el universo de lo abstracto para describir lo que uno quiera. El balompié, ‘inventado’ en 1863, lleva 160 años repartiendo sensaciones a sus aficionados y aficionadas. Frivolidad pero también frenesíes, euforia y enajenación. La poesía es el xilófono del fútbol; le aporta efusividad, pero también disparidad. Un compás que marca el ritmo, isócrono o variable, del arte del balón.
La poesía se escinde en dos ramas: la creación y la definición. Fenómeno y noúmeno, como bien decía Kant. Lo que ilumina al poeta y lo que plasma en el papel. En el fútbol, si bien centramos nuestro arco de visión al siglo XXI, son muchos los jugadores que han adquirido epítetos y apodos poéticos y prosaicos. Lionel Messi, Sergio Busquets, Andrea Pirlo o Andrés Iniesta sobresalen en una aptitud fundamental para el arte balompédico: la idea. Son creadores: mentes pensantes que plasman con exactitud lo que procesan en el césped.
El elixir que retroalimenta a este tipo de futbolistas no es otro que la poesía. La lírica es cohesión sentimental, síntesis de pensamiento y reflejo de sensaciones. Messi programa una jugada en décimas de segundo, la cohesiona con el espacio-tiempo determinado del encuentro en juego, sintetiza la idea y la refleja en el verde. Arranca por banda diestra, dribla, combina y anota. Todo en menos de medio minuto. Poéticamente sagaz y sublime, ensimismado por los cimientos de la lírica.
Otra característica que fortifica el armazón poético es el idilio metaforizado. Amar una acción, concepto o compendio de los mismos puede ser, en algunos casos, una epítome de la obra poética o futbolística de una persona. Esto se debe a que, reflejar el amor mediante el arte es cosa de muy pocos. Y quien plasma, llega y nutre a ‘la otredad’ de sus sentimientos. De Bécquer solo se recuerda el enamoramiento cauteloso y fugaz, mientras que de Juan Román Riquelme se recuerda el amor a la pelota, la técnica sublime y el manejo excelso de la misma.
Un partido de fútbol puede ser analizado de varias maneras. Los analistas se ciñen al comportamiento táctico-posicional de los 22 futbolistas que rellenan el césped. También de la alineación y las decisiones técnicas del entrenador desde el banquillo. Los espectadores de bar, de periódico y de radio suelen hacer introspectiva en aquello que la prensa ha hincado o lleva hincando el diente desde hace un tiempo. Sin embargo, son los poetas los que, sumado a fanatismo y ‘afiliación’ a los sentimientos de un club (véase ser un aficionado), analizan las sinalefas, hemistiquios y estrofas del encuentro.
Disfrutan del arte de crear, disfrutan de Messi, de Cruyff o de Blokhin. Disfrutan de Fergusson, de Simeone o de Guardiola. Disfrutan de la MLS, de la Premier o de la Champions. No les importa qué o cuáles sean las circunstancias que envuelvan al partido. Simplemente el goce proviene de la variabilidad de conocer y contextualizar. Ya lo dijo Mario Benedetti: «Un escenario de fútbol vacío es un esqueleto de multitud».


