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Vientres de alquiler y otras formas de capitalizar la dignidad humana

El otro día me dispuse a desayunar con unos conocidos en un bar. De fondo, una tele insonorizada que mostraba en primer plano las caras más vistas por todos a lo largo de los últimos días: Ana García Obregón y su hija-nieta en la portada de ‘¡Hola!’. Como le habrá ocurrido a la mayoría de la población española, me vi inmiscuida (una vez más) en un debate moral sobre los vientres de alquiler y, lo que según algunos consideramos que son, otras formas de capitalizar la dignidad humana.

Tanto si hablamos de gestación subrogada, tráfico de órganos, explotación laboral o prostitución, estaríamos dando paso a lo que podrían denominarse las formas de esclavitud del siglo XXI. Entre muchas otras problemáticas que conlleva el actual sistema capitalista, además de la nula empatía y pensamiento crítico que desde pequeños nos incentivan a desarrollar (estando íntimamente relacionadas, por cierto).

Como tantas otras personas esta semana a través de medios de comunicación y redes sociales, sostengo la postura de que hay cosas que no deberían venderse ni, por tanto, comprarse. No todo puede convertirse en potencial producto, y la razón es simple. Al no estar todos en igualdad de condiciones por razones evidentes, se crea un colectivo vulnerable y otro privilegiado cuya relación de poder normaliza de forma muy peligrosa este tipo de situaciones. Situaciones que terminan por vulnerar los derechos humanos más básicos de solo algunos. Recalco el solo. De modo que, aunque estas prácticas respondan a la forma de organización económica en la que vivimos, no suelen darse en condiciones éticas y, por supuesto, dejan por completo a un lado la dignidad de las personas.

Tiendo a jugar con otros ejemplos para comprobar hasta qué punto la opinión del que tengo en frente está fundamentada (lo cual también me sirve para repensar la mía). En el momento pregunté: «¿Os parece bien que una persona trabaje más de 12 horas al día por dinero?» La respuesta fue: «Ah, si quieren». La siguiente cuestión fue:»¿Y que esa persona vendiera una parte de su cuerpo porque no tiene otra fuente de ingresos?». Vuelven a repetir que ellos no lo harían, pero que es lícito si esa persona accede. No les pregunté qué opinaban si, por ejemplo, personas con una anomalía física o discapacidad mental querían ser expuestas en espectáculos de circo, como se hacía allá en la Edad Media. Según su razonamiento, me puedo imaginar la respuesta.  Y yo aún sigo perpleja ante la deshumanización y envilecimiento que algunos metodizan cuando la economía entra en juego. ¿Responderían lo mismo si la moneda de cambio fuera el amor? No lo sé. 

La mayoría justifica este tipo de compra-venta diciendo que esa persona en cuestión ha decidido por voluntad propia ese intercambio de «bienes o servicios» por dinero. Esto les convierte en completos ignorantes por definición al dejar de lado las circunstancias en las que se da la mayoría de este tipo de transacciones (teniendo en cuenta, además, de que la voluntad implica deseo y libertad). En pleno 2023 parecen estar de acuerdo con la horrenda premisa de que «todo tiene un precio». En definitiva, la representación perfecta de la sociedad egoísta, materialista y apática en la que vivimos. Aquella a la que si algo no le atañe directamente, ese tema ni le va ni le viene y que «cada uno que haga lo que quiera».

Algo hemos hecho mal cuando un ser humano es utilizado como materia prima para obtener una ganancia y gran parte de nuestro país está plenamente de acuerdo. Aún cuando, en este caso, la maternidad subrogada es ilegal en España desde 2006 y la propia Unión Europea condenó explícitamente esta práctica en 2015 instando a los países que pertenecían a ella a prohibirla. Es decir, que los españoles ya han tenido bastante tiempo para pensar en lo que puede llegar a suponer el ejercicio de este método. Pero siguen eligiendo el libre ejercicio del capitalismo. 

Hay muchos que tienen la firmeza de que ninguna persona debería aprovecharse de un sujeto vulnerable dada su situación para complacer satisfacciones individuales. Solo porque su economía se lo permite. Mucho menos creo que se debería considerar lícito el contravenir un derecho humano propio para subsistir en un sistema que necesita de nuestra propia desvalorización para mantenerse. Otros, en cambio, no lo tienen tan claro.

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