Sin haber terminado el anime, Bobobo me fascina. No solo me entretiene, no solo me parece que tiene una historia simple pero interesante, con unos personajes carismáticos, sino que me fascina por ser tramposa.
El humor absurdo es un tipo de comedia que admiro porque es tramposo. Engaña al espectador alterando las normas de su universo narrativo en cualquier momento. Porque el absurdo en lo audiovisual tiene la capacidad de sorprender, además de hacer reír al espectador. Un gran ejemplo es el final de Los Caballeros de La Mesa Cuadrada y sus locos seguidores (Terry Jones, Terry Gilliam, 1975), donde justo cuando va a darse una pelea épica entre caballeros, la policía entra en escena y procede a detener a algunos de los protagonistas y paran la grabación. Un final abrupto y genial para el que, en este caso, te van preparando durante toda la cinta.
Otro gran ejemplo, más clásico aún, son los dibujos animados de compañías como Disney o Warner. En este tipo de series, aparece vigente un término conocido en Internet como toon force. Esto es el distorsionar las leyes del propio universo ficticio para conseguir algo. Como ocurría con Bugs Bunny ‘modificando’ la escopeta del cazador para que dispare al pato Lucas, por ejemplo.
A lo que quiero llegar es que las normas están hechas para romperse. Puede hacerse con elegancia y justificación, pero a veces es divertido ver cómo se hace de una forma brusca, sin segundas lecturas. Ese es Bobobo. Dentro de sus normas, el protagonista y su grupo de amigos se enfrentan a multitud de enemigos usando el absurdo a su favor (tiene algo de toon force). De hecho, en la propia serie llegan a mencionarlo como ‘combate del absurdo’. Las peleas son algo más que darse golpetazos. Aquí lo importante es bajarle la guardia al contrincante mediante distracciones de todo tipo: usando su propio cuerpo, viajando a diferentes ubicaciones, inventándose historias ajenas al conflicto principal, usando objetos de toda índole, etc. Cuando el enemigo está inmerso en estas extrañas narrativas, Bobobo aprovecha y hace uso de la fuerza física. Su pelo nasal, principalmente.
No obstante, este poder hace que en numerosas ocasiones se autosaboteen. En la inmensa mayoría de los episodios —por no decir todos— sus poderes del absurdo hacen que Bobobo se sienta tan inmerso en su propia narrativa o en la de sus compañeros y que estos les hagan daño a ellos o a sí mismo. La gran afectada de esto es Beauty, la parte racional del grupo. Heppokomaru, al principio de la serie, también es un personaje serio, pero conforme avanza el anime su comportamiento se va a acercando al absurdo.
A este método se le suma un elemento externo: el doblaje al castellano. Desconozco la versión original, pero en este país se hizo un trabajo excelente. Cada personaje tiene una voz única, diferente a las demás. Los tonos de habla destacan por ser exagerados, poniéndose en armonía con lo que ocurre en escena. Jaime Roca (director del casting y voz de Don Patch) se merece más elogios de los que ya recibió en su momento.
Sé que estoy sobreanalizando. Este anime fue pensado para un público preadolescente. De hecho, se canceló por numerosas quejas por parte de asociaciones de padres al ‘no aportar nada a sus hijos’, y su complejidad brilla por su ausencia. Si bien es cierto que muchos chistes se adaptan del manga de manera literal, admiro la libertad de los guionistas. Admiro que en las salas de guion se permitieran escribir la primera chorrada que se les pasara por la cabeza. Además, conforme más veo el anime, más acogedor me parece. Da gusto verla. Para mí, es confortable, un espacio seguro. Cada capítulo son 20 minutos de despejar mi cabeza de tareas universitarias u otras cosas y ver qué fruslerías van a hacer Bobobo y compañía.
Así pues, queda claro que admiro el humor absurdo y cómo se pueden quebrar las normas de un universo para contar un chiste (aunque en los propios mundos de la correspondiente serie es lo normal). Y desde esta columna aprovecho para recomendar Bobobo. Seguro que no os deja indiferente.

