‘Monólogos de la vagina’ de Eve Ensler es traída a Madrid bajo la adaptación de Edu Pericas y de la mano de Olga Hueso, Rocío Madrid y Albanta San Román
Son las 20:15 de un jueves cualquiera. Me dirijo al Nuevo Teatro Alcalá, calle Jorge Juan 62, para ver una de las obras que revolucionó la forma de ver la sexualidad femenina en los años noventa en Estados Unidos: Monólogos de la vagina.
Contextualización
Originalmente Monólogos de la vagina fue una obra escrita, dirigida y representada por Eve Ensler en 1996. Esta surgió tras escuchar los testimonios de más de 200 mujeres hablando sobre los tabúes de su sexualidad, dificultades amorosas o violencia machista sufrida. A raíz de estas declaraciones la autora decidió darles protagonismo en una representación teatral que daría la vuelta al mundo. Ha sido traducida en más de 45 idiomas y llevada a escena en 120 países.
A día de hoy podemos disfrutarla en Madrid de jueves a domingo en el Nuevo Teatro Alcalá. La adaptación y dirección es de Edu Pericas y va de la mano de tres grandes actrices que dan voz a todos esos testimonios: Olga Hueso, Rocío Madrid y Albanta San Román. Olga Hueso ha participado en series como El secreto de puente Viejo o Aída. Aunque sobre todo recibe el abrazo de la crítica y el público con su papel en el teatro musical Mamma Mia. Rocío Madrid ha sido parte de series como El ministerio del tiempo o Amar en tiempos revueltos. También ha sido presentadora en programas como Crónicas marcianas o Esto es lo que hay en Canal Sur. Albanta, que realizó sus estudios en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, ha actuado en televisión en Coco y lana de Disney y en montajes teatrales como El trío en mi bemol o Como gustéis. Además ha debutado como escritora con su primer libro Una primavera permanente.

Ambientación
Una vez entro y me acomodan en mi asiento empiezo a curiosear qué me ofrece de información el entorno los minutos previos a que “se abra el telón”. Analizo la gente de mi alrededor y me doy cuenta de que el público esta noche no es para nada homogéneo, y eso me alegra. Se ve desde mujeres jóvenes con ojos curiosos, pasando por parejas hablando entre ellos, o personas solitarias, hasta señoras mayores acompañadas de sus amigas. Da la sensación de que en esta obra hay sitio para todos.
El escenario, aunque pequeño, parece acogedor. Los objetos se encuentran colocados de forma estratégica, pero tapados con una tela. No puedes deducir nada, solo esperar ansioso a que la obra comience. Se apagan las luces y Olga Hueso entra a escena con la única compañía que sus palabras y un foco. Es ahí cuando uno se da cuenta de que la próxima hora y media va a ser algo para recordar.
Un comienzo sosegado
El monólogo que encarna Olga es cercano, interaccionando con el público, y presenta lo que se irá desarrollando a lo largo de la obra, exponiendo así el argumento principal: el nulo conocimiento que esta había tenido a lo largo de su vida sobre su vagina. A través de distintas anécdotas el personaje nos contextualiza el punto en el que ahora se encuentra. Menciona sucesos tan habituales en la vida de una mujer como los problemas con su expareja, las consecuencias ocasionadas por la depilación genital o la vergüenza que sufría al pronunciar la palabra “vagina”. Todo ello en tono de humor, por lo que una no puede parar de reir (por no llorar) mientras se siente identificada con cada palabra.

Un terremoto humorístico
Cuando me acostumbro al tono crítico pero elegante de Olga aparece, en un mono de terciopelo, Rocío Madrid, por lo que la obra comienza a ser un terremoto en sí misma. El encuentro entre ambos personajes es uno de los mejores momentos de la noche, donde la complicidad entre ellas se percibe desde el primer minuto, en cada gesto.
El monólogo que representa Rocío es el equivalente en la obra original al titulado “Mi vagina enojada” donde se hace un repaso por todo aquello que las vaginas tienen que sufrir. La simpatía y el humor que desprende Rocío Madrid llena de forma instantánea toda la sala y desde ese preciso instante las risas entre las butacas no cesan. Lo desarrollado en esta parte de la obra es la ejemplificación de una verdad tras otra, como bofetadas, dando lugar a vislumbrar el tono crítico de la obra enmascarado tras las carcajadas.

Profesionalidad y complicidad
Existen saltos temporales en ambos monólogos que se distinguen perfectamente gracias al cambio (escaso pero eficaz) de la escenografía, los tonos distintivos de voz utilizados por las actrices o la iluminación. Pero el mayor salto será la entrada a escena de Albanta San Román, que con un vestido primaveral representará las preocupaciones, miedos o excitaciones del descubrimiento sexual femenino. Esto último representado de una forma brillante en una escena que nos dejó sin palabras. A pesar de la complejidad que puede suponer (en un escenario tan pequeño) representar y diferenciar los roles de cada personaje Olga, Rocío y Albanta lo consiguen con creces.

Un sin fin de emociones
Si tuviera que resumir en pocas palabras esta actuación, complicidad sería una de ellas, pues las tres actrices se perciben muy cómodas en el escenario. También cabría destacar el tratamiento de lo denominado durante siglos como “incómodo”. Palabras catalogadas como «malsonantes», temas que siempre se han quedado en la esfera más privada. Compartirlas esta noche ha creado un ambiente muy cercano con el público, haciéndonos sentir comprendidas, sin miedo, sin vergüenza.
Hay lugar para las risas, el asombro, la incomodidad, las lágrimas, las evidencias, los miedos, la sororidad, la empatía, la vergüenza, la lucha, el feminismo, la crítica, lo “malsonante”, lo ridículo o lo bello. En esta obra y, más concretamente, en esta adaptación hay hueco para todo tipo de sensaciones, reivindicaciones y emociones. Y, por eso mismo, se siente uno tan vivo al verla, tan humano, con sus imperfecciones, con mucho por aprender.

Una reivindicación de lo más acertada
Sin embargo la culminación de la obra es dura, muy dura, pero necesaria. Después de repasar todo el secretismo alrededor del tema que sufrimos las personas con vagina llega la síntesis reivindicadora, que es imprescindible mencionar. Después de 90 minutos de puro humor Albanta, Olga y Rocío cambian totalmente la expresión. Nos traen distintos testimonios (como en la obra original “Mi vagina era mi pueblo” de las mujeres bosnias víctimas de campos de violación) y una lectura sobre la cultura de la violación y sus respectivos casos, que desgraciadamente van en aumento. Todo el mundo aguarda en silencio, la obra termina, pero el rugir de los aplausos tarda en aparecer ante la conmoción que deja esta reflexión final.
En España, se estima que son 400.000 casos al año de violencia sexual según el Análisis empírico integrado y estimación cuantitativa de los comportamientos sexuales violentos (no consentidos) en España, realizado por Grupo de Estudios Avanzados en Violencia de la Universidad de Barcelona. Una de cada cinco mujeres serán victimas de violencia sexual en algun punto de sus vidas según National Intimate Partner and Sexual Violence Survey. En Monólogos de la vagina ellas también tienen voz. Al salir por la puerta del teatro se repiten en mi mente sus nombres: Ajdin, Veronica, Ximena, Carla, Hana, Olga, Débora, Susana… nunca más estaréis solas.

