Basta con un clic para hablar con alguien de otro continente, y sin embargo, nunca antes habíamos sentido tanta soledad
La soledad ya no es solo una experiencia íntima, de introspección o reflexión. Hoy se ha convertido en un fenómeno social, con implicaciones profundas para nuestra salud mental. No hablamos de la soledad elegida, esa que puede ser un refugio temporal para reencontrarse con uno mismo, y que se está potenciando con técnicas como el mindfulness. Hablamos de la soledad impuesta, esa que se cuela en las rutinas diarias y cala hondo, incluso rodeados de gente.
En una época en la que las redes sociales nos permiten compartir cada minuto de nuestras vidas, el sentimiento de aislamiento se ha disparado. Seguimos acumulando seguidores, pero cada vez hay menos vínculos reales. Parte del problema radica en cómo se ha construido el ideal de vida contemporáneo. El individualismo ha dejado de ser sinónimo de libertad y se ha transformado en una trampa. Nos han enseñado a valernos por nosotros mismos, a no necesitar a nadie, a competir constantemente.
Los jóvenes, que en teoría son los más conectados, la sufren, aunque desde un ángulo diferente al de los adultos. La presión por mostrar una vida perfecta, el miedo al rechazo y la comparación constante, generan un tipo de soledad disfrazada: la de quien siente que no encaja, aunque tenga mil likes. Así, han surgido teorías como el FOMO o Fear of Missing Out, elaborado por Patrick McGinnis y que habla de ese miedo a quedarse fuera o a perderse situaciones asociadas a cada etapa de la vida.
El Observatorio Estatal de la Soledad no deseada la define como “la experiencia personal negativa en la que un individuo tiene la necesidad de comunicarse con otros y percibe carencias en sus relaciones sociales, bien sea porque tiene menos relación de la que le gustaría o porque las relaciones que tiene no le ofrecen el apoyo emocional que desea”. Además, ha proporcionado datos relevantes, como que en España, sufre soledad no deseada el 20 % de personas (Barómetro de la soledad no deseada, 2024).
La Organización Mundial de la Salud ya ha advertido que la soledad es uno de los grandes desafíos de salud pública del siglo XXI. La falta de conexión social conlleva un riesgo equivalente, o incluso mayor, de muerte prematura al asociado con el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, la obesidad y la contaminación del aire.
A lo largo de la historia, la soledad ha servido como inspiración para muchos artistas. El poeta inglés, John Donne, escribió en el siglo XVII el poema “No man is an island” (Ningún hombre es una isla) que dice así:
«Ningún hombre es una isla
por sí mismo.
Cada hombre es una pieza de un continente,
una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra,
toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio,
o la casa de uno de tus amigos,
o la tuya propia»
Traducción de No man is an Island, John Donne
Las soluciones no están claras, pues todo lo que concierne a aspectos de la salud mental es relativo. Sin embargo, lo primero es reconocer que sentirse solo no es sinónimo de fracaso, ni algo que deba ocultarse. Después, se pueden fomentar espacios de encuentro reales, donde lo digital sea complemento de las relaciones humanas. Y, sobre todo, hay que empezar a valorar esas redes invisibles de apoyo, conversación y afecto que nos hacen humanos. No se trata de vivir rodeados de gente todo el tiempo, sino de recuperar la capacidad de estar con los demás de forma auténtica.

