Su realidad es más compleja de lo que se cree: mal formados y mal pagados, dejan una huella silenciosa pero imborrable en las futuras generaciones
Los monitores, esos jóvenes que llenan los patios de colegios y las tardes de actividades extraescolares, a menudo son percibidos como figuras transitorias en la vida de los niños. Se les ve como acompañantes en el juego, encargados de mantener el orden y poco más. Sin embargo, su rol va mucho más allá de la simple supervisión. A través de su interacción diaria, los monitores se convierten en modelos a seguir. Personas que transmiten valores, actitudes y formas de comportamiento que impactan directamente en el desarrollo de los niños, incluso cuando no están impartiendo una clase formal.
Vanesa hace más de tres lustros que se dedica a la enseñanza. Graduada en filología inglesa y certificada en aptitudes pedagógicas (antiguo CAP) ha invertido el grueso de su carrera profesional en las actividades extraescolares. Desde clases de refuerzo hasta preparación para exámenes de nivel, Vanesa ha sido y es una de tantas monitoras y monitores que ostentan el deber de ampliar el aprendizaje y conocimiento de los niños en horarios externos. «Comedor, desayunos, ludotecas, talleres… también son actividades que se realizan, de forma extracurricular, pero que también se dan», cuenta. Se trata de una profesión que abarca muchas otras paralelamente. Programadores, diseñadores, enfermeros, estudiantes, y hasta periodistas. Intuitivamente el perfil tipo de un monitor de actividades es el de un joven que accede al trabajo para ganar un dinero extra, no por vocación. Y a lo mejor esto hace que la práctica y la motivación del mismo se banalice.
“Somos la última mierda”
«Entre que somos jóvenes y nos cambian cada dos por tres damos la impresión a los demás de que no importamos mucho. Barremos, fregamos, cuidamos niños, limpiamos mesas, cambiamos bandejas… Hacemos eso y más y parece que nadie se da cuenta. Somos la última mierda», comenta Fernando, diseñador 3D y monitor de comedor en un colegio del madrileño barrio de Chamberí. Además, esto profesionales tienen algo más que la infravaloración. Cargan con una responsabilidad mayor a la del mero trabajo que se les ordena.
Las actividades, tanto de ocio, al aire libre o extraescolares, reflejan en algunos casos los momentos más deseados por los niños. Unas horas a la semana en las que, directa o indirectamente, aprenden algo más que la asignatura que se les imparte. Por tanto, la actitud, las reacciones e incluso las emociones se ponen a prueba para estos profesionales. Los patios muchas veces se convierten en escaparates de cómo se vive en el mundo exterior, y los niños adoptan muchos aspectos de quienes les cuidan durante tanto tiempo. A pesar de esta responsabilidad, los monitores se enfrentan a ratios desproporcionadas, falta de apoyo por parte de las instituciones y una remuneración que roza la explotación.
Diversidad en el mundo de la monitorización
Dentro del amplio espectro que abarca la palabra, existe una variedad de perfiles y funciones. Desde monitores de ocio y tiempo libre que organizan actividades recreativas, hasta monitores deportivos especializados en disciplinas específicas, la figura del monitor se adapta a las necesidades de la sociedad actual. Los monitores escolares y extraescolares, por su parte, se encargan de apoyar a los profesores en actividades como el comedor o talleres de diversas temáticas.
David es coordinador de actividades extraescolares, y gestiona cuatro colegios simultáneamente. Durante quince años ha organizado material, gestionado la asistencia y, «en definitiva solucionar problemas». En su labor destaca la importancia de la experiencia en la formación de un monitor y asegura que, en muchos casos, las empresas no ofrecen preparación adecuada. Los monitores son dejados “a su suerte” para lidiar con los retos que implica el trabajo con niños. Esta situación se agrava por la alta rotación de personal, ya que el carácter temporal, que se extiende por la mayoría de trabajadores, dificulta la creación de un equipo estable y comprometido.
La formación: entre la necesidad y la precariedad
La formación de los monitores se debate entre la necesidad de una preparación sólida y la realidad precaria del sector. María José, trabajadora del Centro Joven de La Roda, Albacete, explica las diferentes opciones que existen: desde Certificados Profesionales hasta FP específicos para el trabajo con niños y jóvenes. Sin embargo, la realidad es que muchos monitores no acceden a estas formaciones debido a su coste y a la falta de incentivos por parte de las empresas.

Según el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), en 2023 se firmaron 155.248 contratos para personas con el certificado de profesionalidad de la familia de Servicios Socioculturales y a la Comunidad. Dentro de este ámbito, los títulos orientados a la actividad de monitor son aquellos destinados a la dinamización y programación, entre otros. Así, el pasado año alrededor de 11.000 monitores fueron contratados. Sin embargo esta cifra es ambigua. «Hay mucha gente que se saca el título pero luego no lo pone en su currículum porque no le interesa figurarlo. También hay personas que ejercen de monitores sin tener ningún certificado, por tanto la cifra es muy relativa», aclara María José.
Con todo ello, la demanda de monitores ha aumentado en los últimos años. No obstante, la inversión en su formación y desarrollo profesional sigue siendo insuficiente. «Se esperan que tú tengas unos conocimientos y una formación, pero que no te van a pagar para que tú la recibas», denuncian Javier, María y Michelle, también monitores de comedor. El resultado: instructores se ven abocados a un ciclo de improvisación que desprofesionaliza el ámbito de la monitorización.
La utopía de la educación no formal: el caso de los Caus de Catalunya
En términos técnicos, los monitores trabajan en la educación no formal, es decir aquella que se lleva a cabo en entornos no escolares. De esta forma, los campamentos y actividades al aire libre juegan un papel fundamental en la enseñanza de los niños. En Catalunya, los “Caus” son un claro ejemplo de cómo el trabajo de los monitores puede tener un impacto profundo en el desarrollo de los más pequeños.
Marta Ninou, monitora de estos campamentos en la provincia de Barcelona, define la iniciativa como un espacio donde, a través del juego y la convivencia, se transmiten valores como la autonomía, el espíritu crítico y el trabajo en equipo. Los Caus se basan en una pedagogía activa que busca el desarrollo integral de los niños, fomentando su participación y su capacidad de tomar decisiones. «No es solo venir a jugar el sábado por la tarde […] sino que hay un trabajo y una pedagogía detrás», explica Marta, destacando la importancia de la formación y la reflexión constante sobre su labor educativa.

Los monitores de Caus reciben una preparación específica que incluye la obtención del título de monitor de tiempo libre. A través de cursos, charlas y dinámicas, adquieren herramientas para gestionar grupos, resolver conflictos y atender las necesidades individuales de cada niño. Además, la mayoría de monitores de estos campamentos tiene la experiencia previa de haber participado como niños, lo que les proporciona una comprensión profunda de la filosofía y los valores que se transmiten en este movimiento.
Una quimera con los mismos baches
La labor de los monitores, a pesar de su importancia en la educación de los niños, sigue estando infravalorada y poco profesionalizada. La precariedad laboral, la falta de formación específica y la ausencia de un reconocimiento social adecuado dificultan el desarrollo de esta profesión tan crucial para la sociedad. «Es una profesión muy importante a nivel social […] pero está tan poco valorada, incluso roza lo precario», afirma Héctor, monitor de scouts en El Escorial, Madrid. Lamenta la falta de apoyo institucional y la percepción generalizada del trabajo de monitor como algo temporal y poco cualificado.
La profesionalización del sector pasa por una mayor inversión en formación, una mejora de las condiciones laborales y un reconocimiento social de la importancia de la labor educativa que realizan los monitores. «Una buena idea sería que las empresas de extraescolares realizaran cursos de formación para sus trabajadores», propone David, apuntando a una de las claves para mejorar la calidad del servicio y la atención a los niños.
La influencia invisible de los monitores
La respuesta a la pregunta sobre qué enseñan los monitores cuando no enseñan reside en la influencia invisible. En la transmisión tanto directa como indirecta de valores que construyen las conciencias de los niños. Más allá de la enseñanza de conocimientos específicos, estas personas se convierten en modelos a seguir, en estandartes de actitudes y formas de comportarse, que inevitablemente impactarán en el desarrollo de la sociedad del futuro. En un mundo bombardeado por tendencias, cauces de pensamiento e interacciones artificiales desde edades tan tempranas, la tarea humana, cercana y real tiene más sentido que nunca. Porque un buen monitor puede hacer feliz a un niño maltratado. Un buen monitor puede reeducar a un infante maleducado.
Incluso un mal profesional de la monitorización puede convertir a los más pequeños en los futuros monstruos de la sociedad. Por eso este oficio es tan importante. Por eso cualquier lector de este reportaje guarda un recuerdo de aquella persona que le cuidaba en los comedores escolares o le impartía clases de fútbol o baloncesto. Aquel receptor de preguntas y transmisor de consejos. Aquella wikipedia andante que realmente desconocía gran parte de los que le estabas preguntando. Aquel joven o adulto que padecía en silencio y transmitía inconscientemente. Por eso mismo la monitorización, como cualquier desempeño docente, merece más recursos. Pero sobre todo, merece más respeto.


























